• Diego Palma

El Libro de los Cuentos

Actualizado: 3 de jul de 2018


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¿A quien escogerías?


Una mujer regaba el jardín de su casa y vio a tres viejos con sus años de experiencia frente a su jardín. Ella no los conocía y les dijo:


- No creo conocerlos, pero deben tener hambre. Por favor entren a mi casa para que coman algo. Ellos preguntaron:

- ¿Está el hombre de la casa?

-No, respondió ella , no está.

-Entonces no podemos entrar, dijeron ellos.


Al atardecer, cuando el marido llegó, ella le contó lo sucedido. -¡Entonces diles que ya llegué invítalos a pasar! La mujer salió a invitar a los hombres a pasar a su casa.

-No podemos entrar a una casa los tres juntos, explicaron los viejitos.

-¿Por qué?, quiso saber ella.

Uno de los hombres apuntó hacia otro de sus amigos y explicó: - Su nombre es Riqueza. Luego indicó hacia el otro, Su nombre es Éxito, y yo me llamo Amor. Ahora ve adentro y decide con tu marido a cuál de nosotros 3 desean invitar a vuestra casa.


La mujer entró a su casa y le contó a su marido lo que ellos le dijeron. El hombre se puso feliz: ¡Qué bueno! Y ya que así es el asunto entonces invitemos a Riqueza, que entre y llene nuestra casa.


Su esposa no estuvo de acuerdo: - Querido, ¿porqué no invitamos a Éxito?

La hija del matrimonio estaba escuchando desde la otra esquina de la casa y vino corriendo. - ¿No sería mejor invitar a Amor? Nuestro hogar estaría entonces lleno de amor.

Hagamos caso del consejo de nuestra hija, dijo el esposo a su mujer. Ve afuera e invita a Amor a que sea nuestro huésped. La esposa salió y les preguntó ¿Cuál de ustedes es Amor? Por favor que venga y que sea nuestro invitado. Amor se levantó de su silla y comenzó a avanzar hacia la casa. Los otros 2 también se levantaron y le siguieron. Sorprendida, la dama les preguntó a Riqueza y a Éxito: Yo invité sólo a Amor ¿porqué Uds. también vienen?. Los viejos respondieron juntos:

- Si hubieras invitado a Riqueza o a Éxito los otros 2 habrían permanecido afuera, pero ya que invitaste a Amor, donde vaya él, nosotros vamos con él.


Donde quiera que hay amor, hay también riqueza y éxito.



Abandona toda esperanza de resultados

Osho


Un hombre estaba muy interesado en conocerse a sí mismo, en iluminarse. Toda su vida había buscado un maestro que le enseñara la meditación. Había ido de maestro en maestro, pero no sucedía nada.

Pasaron los años, y estaba ya cansado, exhausto. Entonces alguien le dijo: -Si de verdad quieres encontrar a un maestro tendrás que ir al Himalaya. Allí vive uno, pero tendrás que buscarle. Una cosa es cierta, el maestro se encuentra allí. Nadie sabe exactamente dónde, pero cuando alguien llega a dar con su paradero, él se adentra todavía más en las cordilleras Himalayas.

El hombre se estaba haciendo viejo, pero hizo acopio de valor. Durante dos años trabajó para ganar el dinero del viaje y se puso en camino; se trata de una vieja historia. Así que tuvo que viajar en camellos, en caballos y después seguir a pie hasta alcanzar el Himalaya. La gente le decía:

-Sí, conocemos al anciano, es muy viejo; uno no puede saber qué edad tiene, quizá trescientos años, o incluso quinientos años, nadie lo sabe. Vive por aquí, pero el sitio exacto no lo sabemos. Nadie sabe exactamente por dónde para, pero anda por aquí. Si buscas con empeño lo encontrarás.

El hombre buscó y buscó y buscó. Durante dos años estuvo vagando por el Himalaya. Estaba cansado, exhausto, absolutamente exhausto; viviendo sólo de frutos salvajes, hojas y hierbas. Había perdido mucho peso. Pero estaba determinado a encontrar a ese hombre. Merecía la pena, aunque le costara la vida.

Y ¿puedes imaginártelo? Un día vio una pequeña cabaña, una cabaña de paja. No tenía puerta. Miró dentro, pero allí no había nadie. Y no sólo no había nadie, sino que todo indicaba que durante años no había habido nadie.


El hombre cayó al suelo. De puro cansancio dijo: -¡Me rindo! Se encontraba allí, tumbado bajo el sol, con la fresca brisa del Himalaya. Y por primera vez, empezó a sentirse tan feliz... ¡Nunca había sentido tal dicha! De repente se sintió lleno de luz. De repente todos los pensamientos desaparecieron, de repente se transportó, y sin razón alguna, porque no había hecho nada.

Y entonces se dio cuenta de que alguien se inclinaba hacia él. Abrió los ojos. Allí estaba. Un hombre muy anciano. Éste, sonriendo, dijo: -Así que has venido. ¿Tienes algo que preguntarme? Y el hombre contestó:

-No. Y el anciano se rió, dio grandes carcajadas que resonaron en el eco de los valles. -¿Sabes ahora que es la meditación? Y el hombre dijo: -Sí.

¿Qué había sucedido? ¿Aquella exclamación que salió del núcleo más interno de su ser: "! Me rindo!" En ese rendirse, todos los esfuerzos mentales orientados a una meta desaparecieron, todas las tentativas desaparecieron. Y la dicha se vertió sobre él. Se quedó en silencio, ya no era nadie, y tocó el último estrato del no-ser. Entonces supo lo que era la meditación.

La meditación es un estado mental sin metas. Abandona toda esperanza de resultados. Y entonces no hay necesidad de ir a ninguna parte. Exclamaré desde muy dentro: "Me rindo." Y el silencio descenderá, la bendición me rociará.



Autobiografía en cinco capítulos

Nyoshul Khenpo


1 Bajo por la calle. Hay un enorme hoyo en la acera. Me caigo dentro, Estoy perdido... impotente. No es culpa mía. Me tardo una eternidad en salir de allí.


2 Bajo por la misma calle. Hay un enorme hoyo en la acera. Hago como que no lo veo. Vuelvo a caer dentro. No puedo creer que esté en ese mismo lugar. Pero no es culpa mía. Todavía me tardo mucho tiempo en salir de allí.


3 Bajo por la misma calle. Hay un enorme hoyo en la acera. Veo que está allí. Igual caigo dentro... es un hábito. Tengo los ojos abiertos. Sé donde estoy. Es culpa mía. Salgo inmediatamente de allí.


4 Bajo por la misma calle. Hay un enorme hoyo en la acera. Paso por el lado.


5 Bajo por otra calle.


Este hermoso cuento tibetano nos muestra como la reflexión puede traernos poco a poco la sabiduría al llegar a darnos cuenta de que caemos una y otra vez en pautas de conducta fijas y repetitivas, y empezamos a sentir el anhelo de librarnos de ellas, (de esquivar el hoyo en la acera). Naturalmente, podemos recaer una y otra vez, pero poco a poco podemos deshacernos de ellas y cambiar, (hasta bajar por otra calle).



Así es mi naturaleza


Un maestro oriental que vio cómo un escorpión se estaba ahogando decidió sacarlo del agua, pero cuando lo hizo, el escorpión lo picó. Por la reacción al dolor, el maestro lo soltó, el animal cayó al agua y de nuevo empezó a ahogarse.


El maestro intentó sacarlo otra vez y otra vez el escorpión lo picó... Alguien que había observado todo, se acercó al maestro y le dijo:

"Perdone, ¡pero usted es terco! ¿No entiende que cada vez que intente sacarlo del agua, el escorpión lo picará?


El maestro respondió: "La naturaleza del escorpión es picar y eso no va a cambiar mi naturaleza, que es ayudar a los demás”. Y entonces, ayudándose de una hoja, el maestro sacó al animalito del agua y le salvó la vida.


Moraleja:

No cambies tu naturaleza si alguien te hace daño; sólo toma precauciones. Algunos persiguen la felicidad, otros la crean. Tenlo presente siempre. Que la conducta y las acciones de otras personas jamás condicionen las tuyas, nunca cambies tu esencia.

Si una rosa cambiara su esencia, dejaría de ser rosa. Si tú cambiaras tu esencia dejarías de ser tú. El crecer o madurar no implica cambiar tu esencia.



Cajita de besitos


La historia cuenta que hace algún tiempo un hombre castigó a sus hijita de 5 años por desperdiciar un rollo de papel dorado para envolver regalos.

Estaban apretados de dinero y se molestó mucho cuando la niña pegó todo el papel dorado en una cajita que puso debajo del árbol de Navidad.

Sin embargo, la mañana de Navidad, la niña le trajo la cajita envuelta con el papel dorado a su papá: "esto es para ti papá". El papá se sintió avergonzado por haberse molestado tanto la noche anterior, pero su molestia resurgió de nuevo cuando comprobó que la caja estaba vacía y le dijo en tono molesto: "¿que no sabe usted señorita que cuando uno da un regalo debe haber algo dentro del paquete? " La niña volteó a verlo con lágrimas en sus ojitos y le dice: " Pero papi, no está vacía. Le puse besitos hasta que se llenó ".

El papá estaba conmovido, cayó de rodillas, abrazó a su hijita y pidió que le perdonara su desconsiderado coraje. Un tiempo después, un accidente tomó la vida de la niña, se dice que el papá conservó la cajita dorada junto a su cama por el resto de su vida. Cuando se sentía sólo y desanimado, metía su mano en la cajita dorada y sacaba un besito imaginario de ella. En un sentido muy cierto, todos nosotros los humanos hemos recibido una cajita dorada llena de amor incondicional y besitos de nuestros hijos, familia y amigos. No hay regalo más precioso que uno pueda recibir.

Las amistades son como ángeles que nos levantan cuando hemos caído o cuando nuestras alas tienen dificultad para elevarnos y volar.



Cómo nace un paradigma


"Es más fácil desintegrar un átomo que un pre-concepto”

- Albert Einstein -


Un grupo de científicos colocó cinco monos en una jaula, en cuyo centro colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. Cuando un mono subía la escalera para agarrar las bananas, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo.

Después de algún tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los otros lo agarraban a palos. Pasado algún tiempo más, ningún mono subía la escalera, a pesar de la tentación de las bananas. Entonces, los científicos sustituyeron uno de los monos. La primera cosa que hizo el nuevo fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le pegaron. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera.

Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo. El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato.

Un tercero fue cambiado, y se repitió el hecho. El cuarto y, finalmente, el último de los veteranos fue sustituido. Los científicos quedaron, entonces, con un grupo de cinco monos que, aun cuando nunca recibieron un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas.

Si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué le pegaban a quien intentase subir la escalera, con certeza la respuesta sería: "No se, las cosas siempre se han hecho así, aquí..."



Concentración


Después de ganar varios concursos de arquería, el joven y jactancioso campeón retó a un maestro Zen que era reconocido por su destreza como arquero. El joven demostró una notable técnica cuando le dio al ojo de un lejano toro en el primer intento, y luego partió esa flecha con el segundo tiro.


"Ahí está", le dijo al viejo, "¡a ver si puedes igualar eso!".


Inmutable, el maestro no desenfundo su arco, pero invitó al joven arquero a que lo siguiera hacia la montaña. Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo siguió hacia lo alto de la montaña hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un frágil y tembloroso tronco. Parado con calma en el medio del inestable y ciertamente peligroso puente, el viejo eligió como blanco un lejano árbol, desenfundó su arco, y disparó un tiro limpio y directo. "Ahora es tu turno", dijo mientras se paraba graciosamente en tierra firme.

Contemplando con terror el abismo aparentemente sin fondo, el joven no pudo obligarse a subir al tronco, y menos a hacer el tiro. "Tienes mucha habilidad con el arco", dijo el maestro, "pero tienes poca habilidad con la mente que te hace errar el tiro".



Cosas que no se recuperan

Una muchacha estaba aguardando su vuelo en una sala de espera de un gran aeropuerto. Como debía esperar por muchas horas, decidió comprar un libro para matar el tiempo. También compró un paquete de galletas. Se sentó en una poltrona en la sala VIP del aeropuerto para poder descansar y leer en paz. Al lado de la poltrona donde estaba la bolsa de galletas, se sentó un hombre que abrió una revista y comenzó a leer. Cuando ella tomó la primera galleta, el hombre también tomó una. Ella se sintió indignada, pero no dijo nada. Apenas pensó: "Pero, que descarado". "Si yo estuviese más dispuesta le daría un golpe en el ojo para que nunca más se le olvide." Cada vez que ella tomaba una galleta, el hombre también tomaba una. Aquello la dejaba tan indignada que no conseguía reaccionar. Cuando quedaba apenas una galleta, pensó: "ah... ¿qué será lo que este abusador va a hacer ahora?"

Entonces el hombre dividió la última galleta por la mitad, dejando la otra mitad para ella. ¡Ah! ¡Aquello era demasiado! ¡Se puso a bufar de la rabia! Entonces cerró su libro y sus cosas y se dirigió al sitio de embarque. Cuando se sentó, confortablemente, en una poltrona, ya en el interior del avión, miró dentro de la bolsa y para su sorpresa su paquete de galletas estaba allí... ¡todavía intacto, cerradito! Sintió tanta vergüenza. Sólo entonces percibió lo equivocada que estaba ¡Había olvidado que sus galletas estaban guardadas dentro de su bolsa!

El hombre había compartido sus galletas sin sentirse indignado, nervioso, consternado o alterado, mientras que ella quedó muy trastornada, pensando que estaba compartiendo las de ella con él. Y ya no había más tiempo para explicar... ni para pedir disculpas.


¿Cuántas veces, en nuestras vidas, estamos comiendo las galletas de los demás y no estamos conscientes de ello? ¡Antes de llegar a una conclusión, observa mejor! Tal vez las cosas no sean exactamente como piensas!

No pienses lo que no sabes acerca de las personas. "Existen" cuatro cosas en la vida que no se recuperan jamás: - Una piedra después de haber sido lanzada. - Una palabra, después de haber sido proferida. - Una oportunidad, después de haberse perdido. - El tiempo, después de haber pasado.



Dar

Omar Aliaga Arones.


A un amigo mío llamado David, su hermano le dio un automóvil como regalo. Un día, cuando David salió de su oficina, un niño de la calle estaba caminando alrededor del brillante coche nuevo admirándolo.

Señor, ¿este es su coche? ?preguntó. David afirmó con la cabeza. Mi hermano me lo regaló.

El niño estaba asombrado. "¿Quiere decir que su hermano se lo regaló y a usted no le costó nada? Vaya me gustaría..." titubeó el niño.

Desde luego, David sabía lo que el niño iba a decir, que le gustaría tener un hermano así, pero lo que el muchacho realmente dijo estremeció a David de pies a cabeza: "Me gustaría, prosiguió el niño poder ser un hermano así".

David miró al niño con asombro, e impulsivamente añadió: "¿Te gustaría dar una vuelta en mi auto?". ¡¡¡Ah sí, eso me encantaría!!!

Después de un corto paseo, el niño volteó y con los ojos chispeantes dijo: "Señor... ¿No le importaría que pasáramos frente a mi casa?". David sonrió. Creía saber lo que el muchacho quería. Quería enseñar a sus vecinos que podía llegar a su casa en un gran automóvil, pero de nuevo, David estaba equivocado.

"¿Se puede detener donde están esos dos escalones?" pidió el niño. Subió corriendo y en poco rato David oyó que regresaba, pero no venía rápido. Llevaba consigo a su hermanito lisiado. Lo sentó en el primer escalón, entonces le señaló hacia el coche.

"¿Lo ves Juan?. Allá está, tal como te lo dije, allá arriba. Su hermano se lo regaló y a él no le costó ni un centavo, y algún día yo te voy a regalar uno igualito... entonces podrás ver por ti mismo todas las cosas bonitas de los escaparates, de las que he estado tratando de contarte".

David, bajó del coche y subió al muchacho enfermo al asiento delantero. El hermano mayor, con los ojos radiantes, se subió tras de él y los tres comenzaron un paseo memorable. Ese día, David comprendió lo que Dios quería decir con: "Hay más dicha en dar..."

Que tengas un excelente día y no olvides: Dar vida a otras vidas... Dar esperanza... Somos lo que pensamos.

Somos lo que decidimos ser. Decidamos ser hombres y mujeres de VALORES. Nuestro entorno lo necesita desesperadamente!!!

Ojalá que aprendamos la lección.



De paso


Se cuenta que en el siglo pasado, un turista americano fue a la ciudad de El Cairo, Egipto, con la finalidad de visitar a un famoso sabio. El turista se sorprendió al ver que el sabio vivía en un cuartito muy simple y lleno de libros. Las únicas piezas de mobiliario eran una cama, una mesa y un banco.

- ¿Dónde están sus muebles? - preguntó el turista. Y el sabio, rápidamente, también preguntó: - ¿Y dónde están los suyos...? - ¿Los míos? - se sorprendió el turista. ¡Pero si yo estoy aquí solamente de paso!

- Yo también... - concluyó el sabio.

"La vida en la tierra es solamente temporal... Sin embargo, algunos viven como si fueran a quedarse aquí eternamente y se olvidan de ser felices".



Depende de la forma


Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un Sabio para que interpretase su sueño. - ¡Qué desgracia Mi Señor! - exclamó el Sabio - ¡Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad! - ¡Qué insolencia! - gritó el Sultán enfurecido -Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos.

Más tarde ordenó que le trajesen a otro Sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:

¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes! Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:

- ¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer Sabio. No entiendo por qué al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro. - Recuerda bien amigo mío - respondió el segundo Sabio - que todo depende de la forma en el decir... uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse.

De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, mas la forma con que debe ser comunicada es lo que provoca en algunos casos, grandes problemas.

- La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura ciertamente será aceptada con agrado.


MICRO-REFLEXIÓN:

"Que tus palabras sean más valiosas que el silencio que rompen".



El anillo


Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro sin mirarlo, le dijo: Cuanto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después...- y haciendo una pausa agregó: si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar. E...encantado, -maestro- titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

Bien, asintió el maestro. Se quitó el anillo en el dedo pequeño, y dándoselo al muchacho, agregó: toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación. -Maestro- dijo - lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste.

Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto al valor del anillo. -Que importante lo que dijiste joven amigo, - contestó sonriente el maestro. -Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero.

Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo: -Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender YA, no puedo dar más de 58 monedas de oro por su anillo. 58 MONEDAS!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Exclamó el joven. Sí, replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé.... si la venta es urgente....

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido. -Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo. -Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única.

Y como tal, sólo puede revaluarte un verdadero experto. Qué haces pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.

Todos somos como esta joya, valiosos y únicos, y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore.

Sólo puede verse correctamente con el corazón; lo esencial no puede percibirse con los ojos. Antoine De Saint-Exupéry



El ave dorada

por Diego Palma


Martín era un niño de 12 años que tenía una debilidad muy especial, era un fanático de los cuentos. Vivía en un pequeño pueblo de no más de 200 habitantes donde, como podrán imaginar no existían las palabras biblioteca ni librería. Así que Martín esperaba todos los veranos la llegada de los narradores de historias que venían junto con las ferias y los circos.

Un día llegó un narrador muy anciano. Martín, por supuesto, no quiso perderse ninguna función, así que estuvo en la función de la mañana, en la de la tarde y en la de la noche. Después de la última función el anciano se quedó mirando fijamente a los ojos de Martín y reconoció el brillo de quien lleva el espíritu de un narrador.


Se acercó y le obsequió un viejo libro finamente empastado y le dijo: “mira pequeño, este libro no es un libro común, es un libro mágico. Si lo lees serás el personaje del cuento que tu quieras. Para poder lograrlo, lo primero que debes hacer es leer la primera página, luego cerrarás tus ojos suavemente y finalmente colocarás tus dos manos sobre las páginas leídas. Cuando hayas hecho esto ya no sentirás tu cuerpo y empezarás a flotar, volando hacia el cuento que desees”


Esa noche, cuando todos estaban durmiendo, Martín empezó a leer el libro siguiendo paso a paso las instrucciones del anciano.


Primero leyó la Cenicienta y al cerrar los ojos se encontró en el medio del baile, bailando con la dama más hermosa de la fiesta. Claro que había escogido el papel del príncipe. Sonaron las doce campanadas y la bella dama salió corriendo del salón, dejando su zapatito de cristal. Como Martín ya sabía a quien le pertenecía fue directamente a su casa y no le probó el zapato a las horribles hermanastras sino directamente a Cenicienta. Ella se lo probó y se fueron tranquilamente en busca de la felicidad al palacio.


Después escogió leer el cuento de Blanca Nieves, pero en esta historia ya no quiso ser el príncipe sino uno de los enanos, el famoso “Feliz”. Así apareció cantando con los otros enanos camino a la casita del bosque para encontrarse con Blanca Nieves. Cuando llegaron estaba todo limpio y ordenado y Blanca Nieves dormía en sus camas. Cuando ella despertó no pudo quedarse callado y le advirtió que no aceptase ninguna manzana de nadie porque esta iba a estar envenenada. También le dijo que después de un tiempo un príncipe la iba a despertar con un beso y le aconsejó que se hiciese la dormida.


Luego de esos dos cuentos Martín se dio cuenta que no se sentía satisfecho sabiendo la historia desde el principio. No había el factor sorpresa, no existía lo desconocido, así que decidió aventurarse en un cuento que no hubiese leído aún. Así que abrió el libro en cualquier página, leyó tan solo un pequeño párrafo y colocó sus manos sobre las viejas páginas, cerró los ojos y se dejó llevar.


Cuando los abrió se encontraba en un gran palacio en la India, era un rey. Conversando con sus discípulos se enteró que entre su pueblo corría la leyenda de que en las montañas había un extraño pájaro con una gran cola dorada, el cual poseía una característica muy peculiar: hablaba y se dice que contaba cuentos.


El rumor de que una caravana de viajeros había visto a esta extraña ave llegó a los oídos del rey, el cual era un amante de las expediciones y decidió ir a buscar a esa extraña criatura.

Luego de un largo camino llegó hasta un pino muy alto donde el gran pájaro de cola dorada tenía su nido en la punta del pino. El rey sabía que el ave no volaba de noche así que esperó a que anocheciera y luego subió al árbol y la atrapó.


Ya de regreso el ave no pronunciaba palabra alguna, así que el rey la agarró por el cuello y le dijo: si no hablas te corto el cuello. El ave le dijo: Soy el ave de los cuentos y te voy a contar un cuento rey, pero mientras lo hago debes cumplir con un requisito, no debes suspirar, pues si lo haces, yo desapareceré y los cuentos terminarán.


Y le comenzó a contar el siguiente cuento:


En las afueras de la ciudad de Shavar, un mercader regresaba de un largo viaje conduciendo su carreta repleta de telas y tesoros de oriente. Se dirigía a la ciudad para vender su mercadería. De repente su carreta pisó una piedra y se rompió una de las ruedas. El mercader maldijo su mala suerte y se dio cuenta de que no podía continuar su viaje sin antes repararla. Se quedó esperando en el camino a que pasara alguien para ayudarlo ya que no podía dejar toda su mercadería a merced de los ladrones.


De pronto vio aparecer por el camino un cazador con su fiel perro labrador, los cuales regresaban a su casa después de un día de cacería sin suerte. El mercader le propuso al cazador que cuidase de su carreta mientras el iba a la ciudad de Shavar a reparar la rueda a cambio de una de sus gallinas.


El cazador aceptó y el mercader partió rumbo a la ciudad a reparar la rueda. Y pasaron las horas y el mercader no regresaba.

El cazador, el cual vivía cerca, se dio cuenta que su mujer se iba a preocupar mucho por su retrazo y le dijo a su perro “quédate acá cuidando la carreta, y no dejes que nada suceda, yo regreso inmediatamente” y así partió a la carrera.


Al cabo de un rato apareció por el camino el mercader con su rueda reparada. Al llegar vio al perro labrador bien sentado junto a la carreta y comprendió la situación, y le dijo: debes ser un buen perro para que tu amo confíe tanto en ti” y en agradecimiento le dio una moneda de oro que el perro sostuvo con la boca. Luego se fue rumbo a la ciudad. El perro lo vio partir y se fue rumbo a su casa.


El cazador se disponía a salir cuando vio llegar a su perro contento con una moneda de oro, moviendo la cola.

“Qué haz hecho perro ladrón!” le gritó. “Te dejo cuidando una carreta y robas de la mano que nos iba a alimentar”.


Cogió un palo y empezó a pegarle, y le pegó tanto que lo mato a palazos.


Martín suspiró y de pronto el cazador y su perro comenzaron a desaparecer y ese cuento terminó.

- “Haz suspirado rey” dijo el pájaro dorado y comenzó a desaparecer y el cuento terminó.


Luego desapareció el rey y Martín se quedó con el libro en las manos. Luego comenzó a desaparecer el libro mágico de Martín y el cuento terminó.

Y ahora sólo me toca desaparecer a mí pues este cuento también terminó.



El cuento de Dios

por Diego Palma


Cuando era niña, mi papá solía leerme cuentos en la cama antes de dormir. Algunos más fantásticos que otros. En mi inocente sorpresa y fascinación por los distintos personajes que aparecían en los cuentos, aun no sabía distinguir qué era real y qué era imaginario.


Cuando sentía temor por alguna escena de miedo, como cuando aparecía la bruja “Morda” o “El Peor”, él sonreía y me calmaba diciendo en voz baja, “es un cuento...”.


Así luego, dejé de sentir miedo por los cuentos porque más o menos podía saber, qué era real y qué no lo era. Digo, “más o menos” porque, algunas veces, él contaba cuentos que sí eran reales y también fantásticos, como por ejemplo, desde muy pequeña me dijeron que los regalos que aparecían cada Navidad los habían traído esa noche en trineo y los habían metido por la chimenea. Un día me contaron la verdad y desde entonces ya no me compran tantos regalos.


Me acuerdo que cuando fui al cole al día siguiente, Tenía unas ganas enormes de contarle la verdad a todas mis amigas, pero mi papá me hizo prometerle que mantendría el secreto hasta que los papás de mis amigas se lo contasen personalmente, pues era una costumbre para incentivar la fantasía en los niños. En el recreo le pregunté a mis dos amigas y ellas me dijeron que ellas sí creían en Santa. Cuando me preguntaron “Y tu?”, me hice la loca y tuve que guardar el secreto hasta la siguiente navidad.


También me acuerdo que me creía el cuento del ratón que se llevaba mis dientes. Aún me acuerdo de mi momento de sospecha, cuando comencé a notar que el ratón de la casa de mi abuela era más generoso que el ratón de la casa de mis padres.


Pero hubo un cuento que me lo contaron en la misma época que los otros dos cuentos de Santa y el ratón. Este cuento también me lo contaron como que era verdad, así que esa vez, mi padre se puso más serio y algo incómodo.


Me contó la historia de un dios que lo creo todo, absolutamente todo. Luego el hijo de ese dios vino a salvarnos. Me dijo que le debemos una completa devoción por su incondicional amor y que tenemos que tener un sentimiento de culpa, ya que además como agradecimiento lo torturamos hasta matarlo de una manera horrible. Este divino ser, vino a salvarnos y que Jesús, era su nombre.


“Salvarnos de qué Papi?”, fue mi pregunta.


Mi padre hizo una pausa, como contemplando la escena con total claridad, y dijo, “Salvarnos de la furia y locura de su propio Padre, un dios que amenaza con quemarnos vivos si no hacemos lo que nos ordena. Ser muy muy buenos.” Era una historia terrorífica pero esta vez me dijo que sí, que esta sí era verdad. Y me lo siguió diciendo por varios días y que sí, que todos éramos la creación de ese dios.


Al igual que los otros cuentos de Santa y el ratón, que primero decía que eran verdad, en éste también pude notar que todo era demasiado fantástico para ser real. También noté que él ya no lo llamaba un cuento sino una historia. Pero definitivamente algo..., mucho!, sonaba raro, demasiado irreal y auténticamente terrorífico. Le pregunté, “Y todos creen en esa historia?” Me miró a los ojos y me dijo “No, sólo los que se van a salvar.”


Fue suficiente!. No más preguntas. Si él lo decía tenía que ser cierto pues eso es lo que él, mi padre, decía y mi madre luego confirmó. Además mis abuelos y tíos y el colegio que estaba empezando y todo a mi alrededor me decía que sí, que sí era verdad ese cuen..., perdón, historia. Además no había otra historia menos fantástica que la reemplazara.


Cada vez que me atrevía a hacer preguntas podía sentir la incomodidad que generaba a mi alrededor, y mientras más me cuestionaba más confuso e ilógico se volvía todo el cuen..., perdón, historia.


Han pasado ya varios años y recuerdo ese día en que mi padre entró en mi habitación, en la misma mañana en que yo empacaba mi maleta para irme de vacaciones de verano en mi último año de colegio. Se sentó junto a mi ropa despegada sobre la cama y me dijo. “Te acuerdas preciosa de aquella historia del dios que amenazaba con quemar su propia creación? Bueno, es importante que sepas que ese, también es un cuento.”


“Y entonces qué es verdad? le pregunté. Me tomó de las manos y me dijo pronunciando cada palabra con mucho cuidado. “Eso nadie te lo podrá decir. Eso únicamente lo puedes descubrir tú sola. La manera de hacerlo no es buscando qué es verdad sino dándote cuenta de qué no lo es. Recuerda, todos los cuentos son sólo cuentos. La verdad existe y sólo la puedes descubrir tú misma.



El de Tommy

Tommy solo tenía seis años y quería tener un reloj de pulsera. Cuando se lo regalaron por fin, en Navidad, estaba impaciente por enseñárselo a su mejor amigo, Billy. La madre de Tommy le dio permiso, y cuando su hijo salió de casa le hizo esta advertencia: - Tommy, ahora llevas tu reloj nuevo, y sabes leer la hora. De hache a casa de Billy llegas andando en dos minutos; así que no tienes excusa para llegar tarde a casa. Vuelve antes de las seis para merendar. - Sí, mamá -dijo Tommy mientras salía corriendo por la puerta.

Dieron las seis, y ni rastro de Tommy. A las seis y cuarto no había aparecido todavía, y su madre se irritó. A las seis y media seguía sin aparecer, y se enfadó. A las siete menos diez, el enfado se convirtió en miedo. Cuando se disponía salir a buscar a su hijo, se abrió despacio la puerta de la calle. Tommy entró en silencio.

- ¡Ay, Tommy! -le riñó su madre-. ¿Cómo has podido ser tan desconsiderado? ¿No sabías que yo me iba a preocupar? ¿Dónde te has metido? - He estado ayudando a Billy... -empezó a decir Tommy. - ¿Ayudando a Billy?, ¿a qué? -le gritó su madre.

El pequeño empezó a explicarse otra vez: - A Billy le han regalado una bicicleta nueva por Navidad, pero se cayó de la acera y se rompió y... - ¡Ay Tommy! -le interrumpió su madre-, ¿qué sabe de arreglar bicicletas un niño de seis años? Por Dios, tú....

Esta vez fue Tommy quien interrumpió a su madre. - No mamá. No quise ayudarle a arreglarla. Me senté a su lado y le ayudé a llorar...



El guardián del castillo


Cierto día, en un monasterio Zen-Budista, a la muerte del guardián, fue necesario encontrar un substituto. El gran Maestro entonces convocó a todos sus discípulos para determinar quién sería el nuevo centinela.

El Maestro, con mucha tranquilidad habló: "asumirá el puesto el primer monje que resuelva el problema que voy presentarles".

Entonces, colocó una mesita magnifica en el centro del enorme salón donde se encontraban reunidos, y encima de ella, puso un florero de porcelana muy raro, con una rosa amarilla de extraordinaria belleza adornándolo, y solamente dijo:"aquí esta el problema!".

Todos se quedaron mirando la escena: el florero bellísimo, de valor inestimable, con la maravillosa flor al centro. Qué representaría? qué hacer? cuál sería el enigma?

En ese instante, uno de los discípulos sacó la espada, miró al Maestro, a sus compañeros, se dirigió al centro de la sala y..... SuaaassssssSSSSSsss.... destruyó todo con un sólo golpe! e inmediatamente regresó a su lugar. Entonces el Maestro dijo:


"Tu serás el nuevo Guardián del Castillo".


No importa cuál es el problema. Ni que sea algo demasiado bello. Si es un problema, necesita ser eliminado. Un problema es un problema. Aunque se trate de una mujer sensacional, un hombre maravilloso o un grande amor que se acabó. Por más lindo que sea o haya sido, si no existe más sentido para nuestras vidas, tiene que ser suprimido. Muchas personas cargan en su vida entera el peso de cosas que fueron importantes en el pasado, pero que hoy solamente ocupan un espacio inútil en nuestros corazones y mentes.

Para que bebas vino en una taza llena de té, primero es necesario botar el té para entonces, beber el vino.



El halcón que no volaba


Cuenta una leyenda oriental que hubo un rey que recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenara. Pasados unos meses, el instructor comunicó al rey que uno de los halcones estaba perfectamente educado, pero no sabía lo que le sucedía al otro; no se había movido de la rama desde el día de su llegada a palacio, a tal punto que había que llevarle el alimento hasta allí. El rey mandó a llamar sanadores de todo tipo, pero nadie pudo hacer volar al ave. Encargó entonces la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió.


Por la ventana de sus habitaciones, el monarca podía ver que el pájaro continuaba inmóvil.

Difundió al final el problema entre todos sus súbditos, y, a la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente en los jardines. Traedme al autor de ese milagro, dijo. En seguida le presentaron a un campesino.


"¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo hiciste? ¿Eres mago, acaso?". Entre feliz e intimidado, el hombrecito solo explicó:

"No fue difícil, su Alteza: sólo corté la rama. El pájaro se dio cuenta que tenía alas y se largó a volar"...

¿Sabes que tienes alas? ¿Sabes que puedes volar? ¿A que estas agarrado? ¿De que no te puedes soltar? ¿Qué está esperando tu rama para romperse? ¿Quién o qué la puede cortar?

¿Cuáles son las razones que hoy te impiden levantar vuelo?

"No puedes descubrir nuevos mares a menos que tengas el coraje de perder de vista la costa"



El limosnero

Hubo una vez un limosnero que estaba tendido a un lado de la calle. Vio a lo lejos venir al rey consu corona y capa. "Le voy a pedir algo, de seguro me dará bastante" pensó el limosnero y cuando el rey pasó cerca le dijo: "Su majestad, ¿me podría por favor regalar una moneda?" aunque en su interior pensaba que el rey le iba a dar mucho. El rey le miró y le dijo:" ¿Por qué no me das algo tú? ¿Acaso no soy yo tu rey?". El mendigo no sabía que responder a la pregunta y dijo: "Pero su majestad... ¡yo no tengo nada!". El rey respondió: "Algo debes de tener... ¡busca!". Entre su asombro y enojo el mendigo buscó entre sus cosas y supo que tenía una naranja, un bollo de pan y unos granos de arroz. Pensó que el pan y la naranja eran mucho para darle, así que en medio de su enojo tomó 5 granos de arroz y se los dio al rey. Complacido el rey dijo: "¡Ves como sí tenías!". Y le dio 5 monedas de oro, una por cada grano de arroz. El mendigo dijo entonces: "Su majestad... creo que acá tengo otras cosas", pero el rey no hizo caso y dijo: "Solamente de lo que me has dado de corazón te puedo yo dar". Es fácil en esta historia reconocer como el rey representa a la existencia, y el mendigo a nosotros. Notemos que el mendigo aún en su pobreza es egoísta y no se desprende de lo que tiene aún cuando su rey se lo pide.



El pequeño pez


«Usted perdone», le dijo un pez a otro, «es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado».

«El Océano», respondió el viejo pez, «es donde estás ahora mismo». «¿Esto? Pero si esto no es más que agua... Lo que yo busco es el Océano», replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.


De igual manera, un hombre se acercó al Maestro, y dijo: «He estado buscando a Dios durante años. Dejé mi casa y he estado buscándolo en todas partes: en lo alto de los montes, en el centro del desierto, en el silencio de los monasterios y en las chozas de los pobres».

«¿Y lo has encontrado?», le preguntó el Maestro.

«Sería un engreído y un mentiroso si dijera que sí. No; no lo he encontrado. ¿Y tú?».

¿Qué podía responderle el Maestro? El sol poniente inundaba la habitación con sus rayos de luz dorada. Centenares de gorriones gorjeaban felices en el exterior, sobre las ramas de una higuera cercana. A lo lejos podía oírse el peculiar ruido de la carretera. Un mosquito zumbaba cerca de su oreja, avisando que estaba a punto de atacar... Y sin embargo, aquel buen hombre podía sentarse allí y decir que no había encontrado a Dios, que aún estaba buscándolo.


Al cabo de un rato, decepcionado, salió de la habitación del Maestro y se fue a buscar a otra parte.

Deja de buscar, pequeño pez. No hay nada que buscar. Sólo tienes que estar tranquilo, abrir tus ojos y mirar. No puedes dejar de verlo.



Ella no sabe quien soy


Un hombre de cierta edad vino a la clínica donde trabajo para hacerse curar una herida en la mano. Tenía bastante prisa, y mientras se curaba le pregunté qué era eso tan urgente que tenía que hacer.


Me dijo que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí. Me contó que llevaba algún tiempo en ese lugar y que tenía un Alzheimer muy avanzado.

Mientras acababa de vendar la herida, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.


- No, me dijo. Ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce. Entonces le pregunté extrañado.

- Y si ya no sabe quién es usted, ¿porqué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas?

Me sonrió y dándome una palmadita en la mano me dijo: "Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella".


Tuve que contenerme las lágrimas mientras salía y pensé: "Esa es la clase de amor que quiero para mi vida. El verdadero amor no se reduce a lo físico ni a lo romántico. El verdadero amor es la aceptación de todo lo que el otro es, de lo que ha sido, de lo que será y de lo que ya nunca podrá ser.



¿Existe el mal?


El profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta. "¿Dios creó todo lo que existe?"

Un estudiante contestó valiente: Sí, lo hizo. "¿Dios creó todo?: Sí señor, respondió el joven.


El profesor contestó, "Si Dios creó todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo".


El estudiante se quedó callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe Cristiana era un mito.


Otro estudiante levantó su mano y dijo: ¿Puedo hacer una pregunta, profesor?. Por supuesto, respondió el profesor.

El joven se puso de pie y preguntó: ¿Profesor, existe el frío?,

¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?.


El muchacho respondió: De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. "Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor".


Y, ¿existe la oscuridad? Continuó el estudiante. El profesor respondió: Por supuesto.

El estudiante contestó: Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe. La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuan oscuro está un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.


Finalmente, el joven preguntó al profesor: señor, ¿existe el mal?. El profesor respondió: Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.

A lo que el estudiante respondió: El mal no existe, señor, o al menos no existe por si mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios.

Dios no creó al mal. No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor, después de asentar con la cabeza, se quedó callado. El joven se llamaba Albert Einstein.



Jaina


Un día, Jaina, el hijo del rey Soroy, se despertó y se dio cuenta que quería gobernar. Así que fue donde su padre, el Rey, y le dijo “Padre, quiero gobernar, ya he crecido lo suficiente y creo que ya es tiempo que me des unas tierras para gobernarlas y así prepararme para algún día gobernar tu reino.


El padre lo miró fijamente y le dijo: “Primero debes hacer algo... anda al bosque y escucha, y cuando hayas escuchado... ven.”


Y así, a la mañana siguiente Jaina fue temprano al bosque. Al caer la tarde se presentó ante su padre y dijo: “Padre, he escuchado todo el día el canto de los distintos pájaros del bosque. Ha sido una experiencia muy enriquecedora.”


El padre lo miró fijamente y le dijo: “Todavía no has escuchado bien. Regresa al bosque y escucha, y cuando hayas escuchado... ven.”


Al día siguiente, Jaina se dirigió nuevamente al bosque y, esta vez, se quedó a pasar la noche. Cuando se presentó ante el rey le dijo: “Padre, he escuchado además de los pájaros, a los distintos tipos de animales que habitan en el bosque, los he escuchado gritar, cazar, comer, aparearse y dormir.”


El rey le puso la mano sobre el hombro y le dijo: “Hijo, todavía no has escuchado bien. Regresa al bosque y escucha, y cuando hayas escuchado... ven.”


Y así, Jaina partió una vez más al bosque. Y pasaron muchas horas y Jaina no volvía..., la corte entera se preocupó menos el rey quien permanecía tranquilo. Pasaron los días y Jaina no volvía..., Todo el reino lloraba la desaparición del príncipe menos el rey quien permanecía tranquilo. Pasaron los meses y ya nadie pensaba en Jaina.


Un día, por las inmediaciones del palacio, vieron acercarse a un hombre vestido como un mendigo, estaba descalzo, con el pelo largo y enredado. El hombre fue directamente al palacio y dijo: “Vengo a ver al rey.” El rey, al enterarse de aquella extraña visita ordenó que lo dejen pasar. Detrás de aquellos cabellos enmarañados el rey vio el brillo de la mirada de su hijo y le dijo “Hijo... que has escuchado?”


He escuchado el temblor de los pétalos antes de florecer, el crujir de la tierra ante los primeros rayos del sol, el murmullo de las hormigas al ponerse de acuerdo sin ponerse de acuerdo...”. “Es suficiente, interrumpió el rey. Ahora que sabes escuchar lo que no se oye, sabrás escuchar las necesidades de tu pueblo. Anda ve y gobierna...”



Krisha Gotami


Este cuento narra la historia de Krisha Gotami, una joven india que tuvo la buena fortuna de vivir en la época de Buda.


Hace muchos años, en la ciudad de Shravastra, vivía una joven mujer la cual había perdido a sus padres y a su marido quedando únicamente con su pequeño hijo recién nacido. Este se convirtió en su motivo para vivir. Cuando su hijo tenía apenas un año, éste cayó enfermo y murió. Agobiada por la pena y el dolor, Krisha Gotami enloqueció, vagaba por las calles día y noche con el cuerpecito en sus brazos, suplicándole a todo el mundo con quien se topaba, un remedio que le devolviera la vida a su hijo. Algunas personas pasaban por su lado sin hacerle caso, otras se alejaban asustadas, otras más crueles, se reían de ella, y la mayoría la tomaban por loca. Finalmente dio con un sabio que le dijo que la única persona del mundo que podía realizar el milagro que ella pretendía era el Buda, el cual, por fortuna, se encontraba en un bosque a las afueras de la ciudad.


Así pues, fue en busca de Buda, al llegar depositó el cadáver de su hijo ante él y le dijo: - He perdido a mi marido y sólo vivía por este hijo, pero ahora también ha muerto. He oído hablar de tu compasión, por favor resucítalo.

Buda la escuchó con infinita compasión, y luego respondió con amabilidad: - Sólo hay una manera de curar tu aflicción. Baja a la ciudad y tráeme un grano de mostaza de cualquier casa en la que no haya habido jamás una muerte.